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Un verbo que ya no nos alcanza. Una reflexión sobre el lenguaje, el poder y el miedo a la diferencia

Hace unos días escuché una frase que me dejó resonando: «la sola palabra inclusión es excluyente». La primera reacción fue de incomodidad, seguidamente de reflexión y por último de reconocimiento y análisis; siempre la he usado y según mis creencias “quiero ser incluyente”, pero; esto me deja pensando que hay ideas que circulan hace tiempo en los márgenes del debate académico, servidas como un plato que nadie parece querer recibir; y ésta es una de ellas.

Y yo quiero recibirla.

Cuando hablamos de inclusión, partimos de una premisa que pocas veces nombramos: alguien estuvo o sigue estando afuera. El término lleva cosida, en su propia estructura, la marca de la exclusión previa. Nombrar a alguien como el que necesita ser incluido es, antes que un gesto de apertura, un acto de clasificación, y clasificar, como nos enseñó Foucault, nunca es un acto neutral. Es un acto de poder.

Decir «población con necesidades de inclusión» no describe una realidad: la produce. Define quién pertenece y quién es el suplemento, el añadido, el que llega después.

Slavoj Zizek lo diría de forma más incómoda aún: la inclusión puede ser una forma sofisticada de mantener la diferencia, porque nombra al otro como alteridad sin cuestionar el sistema que lo expulsó. Incluimos, sí, pero en nuestros términos, en nuestras instituciones, bajo nuestras normas y bajo lo que nos conviene.

Sousa Santos, va más lejos; el  problema, dice, no es cómo incluir mejor a los excluidos en el sistema existente,  el problema es el sistema. Su propuesta no es la inclusión sino la transformación: construir espacios donde ninguna forma de ser necesite justificarse para existir; no se trata de ampliar los bordes de lo normal, sino de preguntarnos por qué existe esa frontera.

Y aquí es donde encuentro la raíz más honesta de todo esto: el miedo; no excluimos solo por indiferencia o por maldad, excluimos porque la diferencia nos confronta, nos recuerda que nuestra propia identidad es frágil, construida e inacabada; el otro que no encaja en nuestras categorías nos muestra que las categorías mismas son inventadas; nos las enseñaron, nos las impusieron y las creímos como ciertas.

No es que no queramos al diferente; es que la diferencia nos incomoda y puede ser que nos revela algo de nosotros mismos.

Entonces, ¿qué hacemos con todo esto? No se trata de eliminar la palabra y creer que el problema desaparece, se trata de hacernos preguntas más profundas: ¿estamos transformando los sistemas o solo ¿dándole nombre a lo que incomoda? ¿estamos creando pertenencia real o tolerancia condicionada? ¿diseñamos instituciones donde la diversidad es el punto de partida, o donde sigue siendo la nota al pie de página? o ¿solo lo hacemos porque nos toca? Y algo más; ¿somos incluyentes por convicción? o ¿porque el sistema nos lo exige?  y acá surge algo muy incómodo que vale la pena nombrar: cuando la ética se vuelve obligación, pierde su potencia transformadora, no porque la obligación sea mala, sino porque permite que las instituciones cumplan sin cambiar nada estructural, la inclusión, como concepto y como práctica, merece esta revisión no para abandonarla, sino para exigirle más. Para que deje de ser el gesto amable que tranquiliza la conciencia y se convierta en la pregunta incómoda que transforma de verdad.

Porque la pregunta no es cómo incluimos mejor.

La pregunta es por qué seguimos necesitando ese verbo.

Continuará…

María Guadalupe Blanco Betancourt

Psicóloga, Especialista en Terapia Cognitiva conductual

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